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Explora Pathfinder · BBVA · Enoturismo / Vendimia / Patrimonio del vino

Logroño

MOSTO: de la viña a la barrica en Rioja y Ribera del Duero

Ocho días siguiendo el mosto desde la cepa hasta la barrica, del Duero al Ebro, en plena vendimia.

Ribera del Duero (Burgos–Valladolid) y DOCa Rioja (Rioja Alta, Sonsierra y Rioja Alavesa)

Septiembre huele distinto en la meseta y en el Ebro. Huele a hollejo caliente, a remolque cargado, a manguera mojando el suelo de cemento de un lagar a las siete de la mañana. La vendimia no es un espectáculo pensado para el visitante: es una semana de trabajo a contrarreloj en la que todo el año se juega a una carta, y precisamente por eso resulta tan absorbente verla de cerca. Esta ruta atraviesa dos maneras de entender el tempranillo —el de la Ribera del Duero, criado en páramo y frío nocturno, y el de la Rioja Alta, la Sonsierra y la Rioja Alavesa, más atlántico y más envejecido en roble— y las encadena en línea recta, del Duero al Ebro, sin volver sobre los propios pasos. Es un viaje para quien disfruta entendiendo cómo se hacen las cosas: se pisa tierra entre cepas, se baja a bodegas subterráneas excavadas bajo las casas, se entra en tonelerías donde todavía se doblan duelas al fuego y se termina en Logroño con la ciudad volcada en la calle. No hace falta saber de vino, pero sí tener ganas de preguntar, de madrugar algún día y de comer a deshora. Ocho jornadas, del 19 al 26 de septiembre de 2026, entre Aranda de Duero, Peñafiel, Valbuena, Haro, San Vicente de la Sonsierra, Laguardia, Elciego y Logroño, con el regreso por Soria.

El viaje, día a día

Día 1Madrid → Aranda de Duero: la uva entra en la ciudad

La salida desde Madrid por la A-1 se hace corta: en menos de dos horas el paisaje se abre en el páramo y aparecen las primeras cepas en vaso, bajas y retorcidas, alineadas sobre suelo pardo y cantos rodados. La primera parada es un viñedo en plena vendimia, y conviene llegar temprano, cuando la cuadrilla todavía corta con la uva fría: verás las tijeras, las cajas de veinte kilos, el gesto rápido de levantar la hoja para comprobar el racimo y el descarte de lo que no entra. En Aranda de Duero la uva no se queda en el campo: entra literalmente en la ciudad, porque bajo el casco histórico hay kilómetros de galerías excavadas entre los siglos XII y XVIII para conservar el vino de las familias. Antes de bajar, la Iglesia de Santa María la Real impone con su portada tardogótica, un encaje de piedra de estilo Reyes Católicos con escenas labradas que se leen como un cómic en relieve. Después viene el contraste: de la luz del mediodía a la humedad constante de las bodegas subterráneas, a siete u ocho metros bajo el asfalto, donde la temperatura no se mueve en todo el año y el silencio es total. Se recorren a oscuras entre arcos de ladrillo y zarceras —los respiraderos que salen a las calles—, y entiendes por qué Aranda fue durante siglos el almacén del vino de la comarca. Al salir, la costumbre local manda: lechazo asado en horno de leña y una copa de tinto joven. Consejo práctico: las galerías están a temperatura constante y baja, así que lleva una capa extra aunque arriba haga calor.

  1. Viñedo en vendimia
  2. Iglesia de Santa María la Real
  3. Bodegas subterráneas de Aranda

Cortar uva con la cuadrilla en un viñedo de tempranillo a primera hora, con tijeras y caja propia · Leer la portada de Santa María la Real identificando las escenas evangélicas talladas en piedra · Bajar a las bodegas subterráneas del casco histórico y localizar las zarceras desde la calle · Comer lechazo asado en horno de leña en un asador del centro de Aranda

Día 2La Milla de Oro: el mapa del tempranillo

La llamada Milla de Oro de la Ribera del Duero es un tramo corto de carretera entre Gumiel de Izán, Sotillo y Quintana del Pidio donde se concentran algunas de las bodegas más ambiciosas de la denominación. Empieza el día subiendo al Mirador del Espolón, sobre Aranda, para ver desde arriba la geografía que explica el vino: el río abriéndose paso, las terrazas de grava, el páramo calcáreo al fondo y el mosaico de parcelas pequeñas heredadas generación tras generación. Bodegas Portia, diseñada por Norman Foster, resuelve la gravedad del proceso con una planta de tres brazos semienterrada en la ladera: la uva entra por arriba y desciende sola hasta la sala de barricas, sin bombeos que maltraten el mosto. La visita merece la pena tanto por el edificio —acero corten, hormigón y roble, con vistas al viñedo desde el restaurante— como por ver los depósitos trabajando a pleno rendimiento en plena vendimia. Por la tarde, la Villa Romana de Santa Cruz, en Baños de Valdearados, recuerda que aquí se bebía vino mucho antes de que existiera la denominación: su mosaico de Baco, con el dios rodeado de escenas dionisíacas, es una de las representaciones báquicas más notables de la Hispania romana. Verlo después de haber pisado una sala de fermentación cambia la escala del viaje: no llevas dos días en el mundo del vino, llevas dos mil años. Consejo: el yacimiento tiene horarios limitados y estacionales, confírmalos antes de desviarte [VERIFICAR: horarios de la Villa Romana de Santa Cruz].

  1. Mirador del Espolón
  2. Bodegas Portia
  3. Villa Romana de Santa Cruz

Subir al Mirador del Espolón al amanecer para ver la niebla deshacerse sobre el valle del Duero · Visitar Bodegas Portia y seguir el recorrido de la uva por gravedad, de la tolva a la barrica · Recorrer el mosaico báquico de la Villa Romana de Santa Cruz en Baños de Valdearados · Catar dos tempranillos de la Milla de Oro comparando parcelas de páramo y de vega

Día 3Peñafiel: el castillo que es museo del vino

Peñafiel se ve desde lejos: el castillo corona una loma estrecha y alargada, con muros que parecen la proa de un barco varado sobre el valle. Dentro está el Museo Provincial del Vino, un recorrido que explica con orden lo que llevas dos días viendo desordenado —suelos, variedades, prensas, evolución del comercio— y que termina con vistas de trescientos sesenta grados sobre los viñedos de la ribera. Abajo, la Plaza del Coso es una plaza de toros de planta irregular rodeada de casas con balcones de madera que aún se alquilan para los festejos; caminarla vacía, con el suelo de arena y el sol dando en las fachadas, es una de las estampas más raras y bonitas de Castilla. Bodegas Protos tiene doble lectura: las galerías históricas excavadas bajo el cerro del castillo, con más de dos kilómetros de túneles a temperatura constante, y la nave nueva firmada por Richard Rogers, con sus arcos de madera laminada y su cubierta de teja. Pago de Carraovejas, en cambio, se apoya en la ladera sur del valle del Cuco: viñedo en pendiente, gravedad aprovechada en la elaboración y una lectura muy parcelaria del tempranillo, con toques de cabernet. En vendimia, la mesa de selección de Carraovejas funciona a pleno rendimiento y ver cómo se descarta grano a grano explica mejor que ningún folleto por qué unos vinos cuestan lo que cuestan. Termina el día cenando en el pueblo, con las luces del castillo encendidas sobre la cresta. Consejo: las visitas a Carraovejas y Protos se solapan mal en un mismo día, reserva una por la mañana y otra a media tarde.

  1. Castillo y Museo Provincial del Vino
  2. Plaza del Coso
  3. Bodegas Protos
  4. Pago de Carraovejas

Recorrer el Museo Provincial del Vino dentro del castillo y salir a la torre del homenaje · Cruzar a pie la Plaza del Coso y ver los balcones de madera de las casas que la cierran · Bajar a las galerías históricas de Protos excavadas bajo el cerro del castillo · Ver la mesa de selección en marcha en Pago de Carraovejas y catar el vino del año anterior desde barrica

Día 4Valbuena y Pesquera → subida a la Rioja Alta

Valbuena de Duero amanece con niebla baja sobre el río y es, probablemente, la parada más reverencial del viaje. Bodegas Vega Sicilia elabora aquí desde 1864 y su forma de trabajar sigue siendo deliberadamente lenta: crianzas larguísimas, tonelería propia dentro de la finca y una salida al mercado que puede tardar una década desde la vendimia. Ver a los toneleros doblando duelas al fuego, ajustando los aros y tostando el interior del roble es entender que la barrica no es un envase, sino un ingrediente más. Muy cerca, Pesquera de Duero mantiene la escala del pueblo castellano: la Plaza de la Paz con sus soportales y la iglesia de Santo Tomás, de piedra dorada y torre sobria, alrededor de la cual gira la vida cuando los tractores vuelven del campo. Después llega la parte de transición, y merece la pena hacerla con calma: la subida hacia la Rioja Alta atraviesa el páramo, los pinares de Soria y los desfiladeros del Ebro, y el paisaje cambia de golpe cuando aparece la Sierra de Cantabria cerrando el horizonte por el norte. Ese muro de roca es el que frena los vientos atlánticos y explica por qué el mismo tempranillo da vinos tan distintos a un lado y a otro. Llega a Haro con luz suficiente para pasear el casco viejo y cenar en la Plaza de la Paz riojana, que comparte nombre con la de Pesquera sin que nadie lo haya planeado. Consejo: la visita a Vega Sicilia exige reserva previa y tiene plazas muy limitadas [VERIFICAR: condiciones de reserva].

  1. Bodegas Vega Sicilia
  2. Plaza de la Paz e iglesia de Santo Tomás

Visitar la tonelería propia de Vega Sicilia y ver el tostado de una barrica en marcha · Pasear los soportales de la Plaza de la Paz de Pesquera de Duero a la hora del vermú · Conducir el tramo Duero–Ebro parando en un mirador sobre la Sierra de Cantabria · Cenar en Haro un primer contacto con la cocina riojana: pimientos asados y chuletillas al sarmiento

Día 5Haro: el barrio donde nace la barrica

El Barrio de la Estación de Haro es un caso único en el mundo: media docena de bodegas centenarias apiñadas en unas pocas hectáreas alrededor de la antigua estación de ferrocarril, levantadas a finales del siglo XIX cuando la filoxera arrasó Francia y los negociantes bordeleses cruzaron los Pirineos buscando vino. Se recorre andando, de portón en portón, entre muros de mampostería, vías muertas y el olor dulzón que sale de los calados. Bodegas Muga conserva su propia tonelería y sigue clarificando con clara de huevo y trasegando a mano; ver la sala de tinas de roble en funcionamiento durante la vendimia, con el crujido de la fermentación, es de las experiencias más físicas del viaje. R. López de Heredia Viña Tondonia es otra cosa: un archivo vivo donde el tiempo se mide en décadas, con calados cubiertos de un moho negro y aterciopelado que se deja crecer a propósito, y con el pabellón-decantador diseñado por Zaha Hadid encapsulando el stand modernista original de la familia. Sus vinos salen al mercado con crianzas que hoy parecen inverosímiles y su forma de trabajar no ha cambiado sustancialmente en más de un siglo. Entre visita y visita, siéntate en una terraza del barrio con un blanco fermentado en barrica: es el estilo riojano que más está recuperando terreno. Si te queda tarde, sube al casco antiguo de Haro y entra en la iglesia de Santo Tomás para ver su portada plateresca. Consejo: reserva las dos bodegas el mismo día pero con tres horas de margen, porque ninguna de las dos visitas es corta.

  1. Barrio de la Estación
  2. Bodegas Muga
  3. R. López de Heredia Viña Tondonia

Recorrer a pie el Barrio de la Estación de bodega en bodega siguiendo las vías antiguas · Entrar en la tonelería de Muga y ver el montaje de una barrica desde cero · Bajar a los calados de López de Heredia y observar el moho que recubre las bóvedas · Catar un blanco riojano con crianza en madera en una terraza del barrio

Día 6La Sonsierra: lagares en la roca → Rioja Alavesa → Logroño

La jornada empieza en San Vicente de la Sonsierra, donde la roca arenisca está horadada por lagares rupestres excavados a mano hace siglos: pilas para pisar la uva, canales de desagüe y huecos para la viga, todo tallado directamente en la piedra al aire libre, con el viñedo alrededor y la Sierra de Cantabria detrás. No hay maquinaria, ni edificio, ni etiqueta: es el gesto del vino reducido a su mínima expresión, y resulta sorprendentemente emocionante después de haber visto salas de acero inoxidable. En Briones, el Museo Vivanco de la Cultura del Vino ordena esa historia con una colección extraordinaria de prensas, sacacorchos, ánforas y obra de Picasso, Miró o Warhol dedicada al vino. Laguardia llega después como una villa amurallada sin tráfico, con las calles socavadas por centenares de calados familiares; en la Bodega El Fabulista, bajo la casa natal de Samaniego, se elabora todavía a la manera tradicional y la visita termina con una cata en la propia cueva. A pocos kilómetros, la Ciudad del Vino Marqués de Riscal en Elciego cierra el círculo del contraste: las cintas de titanio rosa y dorado de Frank Gehry flotando sobre los calados del siglo XIX, con la torre de la iglesia del pueblo asomando entre ellas. El día acaba en Logroño, en la Calle Laurel, donde cada bar defiende un único pincho —champis, patatas bravas, matrimonio, zapatillas de jamón— y la mecánica consiste en tomar uno y cambiar de local. Consejo: en Laurel, empieza temprano y pide siempre el vino de la casa en copa pequeña; el ritmo es de maratón, no de sprint.

  1. Lagares rupestres de San Vicente de la Sonsierra
  2. Museo Vivanco de la Cultura del Vino
  3. Calados de Laguardia y Bodega El Fabulista
  4. Ciudad del Vino Marqués de Riscal
  5. Calle Laurel

Recorrer los lagares rupestres de San Vicente de la Sonsierra y meter la mano en la pila tallada · Ver la colección de prensas históricas y el arte dedicado al vino en el Museo Vivanco · Catar en el calado de la Bodega El Fabulista, bajo las calles de Laguardia · Hacer la ronda de la Calle Laurel probando un pincho distinto en cuatro bares

Día 7Logroño: el pisado, el primer mosto y la clausura

El 25 de septiembre Logroño está en plena semana grande de San Mateo, las fiestas de la vendimia riojana, y la ciudad amanece con las calles ya acotadas y los cabezudos calentando motores. El acto central es el pisado de la uva en el Paseo del Espolón: sobre un lagar montado al aire libre, dos pisadores descalzos aplastan la uva a pie y el primer mosto se ofrece ritualmente a la Virgen de Valvanera, con la ciudad entera aplaudiendo alrededor y las peñas tocando de fondo [VERIFICAR: día y hora exactos del pisado en el programa oficial de San Mateo 2026]. Es un mosto dulce, espeso y templado, y probarlo después de una semana viendo depósitos y barricas cierra un círculo mental muy satisfactorio. A media mañana conviene refugiarse en la Concatedral de Santa María de la Redonda, con sus dos torres gemelas barrocas —las llaman las Gemelas— y un interior de tres naves góticas donde el ruido de la calle se apaga de golpe. El Mercado de Abastos, a unos pasos, es el mejor sitio para entender la despensa riojana: pimientos del piquillo, alubias de Anguiano, caparrones, borraja, cardo y quesos de Cameros. Por la noche, el Puente de Piedra sobre el Ebro es el mirador natural para los fuegos artificiales, con el reflejo doblándose en el agua y el casco antiguo iluminado detrás. Llega con antelación a cualquiera de los actos: los buenos sitios se ocupan mucho antes de la hora anunciada. Consejo: consulta el programa oficial del ayuntamiento nada más llegar, porque los horarios de desfiles y fuegos se ajustan cada año.

  1. Pisado de la uva en el Espolón
  2. Concatedral de Santa María de la Redonda
  3. Mercado de Abastos
  4. Fuegos artificiales desde el Puente de Piedra

Asistir al pisado de la uva en el Espolón y probar el primer mosto de la vendimia · Entrar en la Concatedral de la Redonda y subir la mirada a las bóvedas góticas bajo las torres Gemelas · Comprar pimientos, caparrones y queso de Cameros en el Mercado de Abastos · Ver los fuegos artificiales desde el Puente de Piedra, con el Ebro devolviendo la luz

Día 8Del mosto a la botella y regreso

El último día se dedica a la pregunta que queda pendiente: qué pasa entre el mosto y la botella. Bodegas Franco-Españolas, fundada en 1890 junto al Ebro y a un paso del Puente de Piedra, es el sitio ideal para responderla sin salir de Logroño: nació de la alianza entre capital francés y viñedo riojano tras la filoxera, y conserva calados históricos, una sala de barricas de proporciones catedralicias y un archivo de botellas firmadas por visitantes ilustres. La visita cierra con una cata que permite comparar un crianza y una reserva y notar, ahora sí con criterio propio, qué aporta cada año en madera. De vuelta hacia Madrid, la N-111 y la A-15 atraviesan la sierra y llevan a Soria, parada obligatoria para estirar las piernas: el claustro románico de San Juan de Duero, con sus arquerías entrelazadas de influencia oriental, y el paseo hasta la ermita de San Saturio bordeando el río son la despedida perfecta, con los chopos ya amarilleando. Come algo sencillo antes de seguir —unas migas, unos torreznos de Soria— y aprovecha para ordenar mentalmente la semana. Si has comprado botellas, colócalas tumbadas y protegidas del sol en el maletero; el calor de la carretera es su peor enemigo. Llegarás a Madrid con la sensación rara de haber visto nacer una añada que no podrás beber hasta dentro de unos años. Consejo: sal de Logroño después de comer para evitar la salida masiva de fiestas y hacer la parada de Soria con luz.

  1. Bodegas Franco-Españolas
  2. Parada en Soria

Visitar los calados históricos y la sala de barricas de Bodegas Franco-Españolas · Catar en vertical un crianza y un reserva para comparar el efecto de la madera · Recorrer el claustro de San Juan de Duero en Soria y sus arcos entrelazados · Pasear la ribera del Duero hasta la ermita de San Saturio antes de retomar la carretera

Alojamiento orientativo (19 de septiembre de 2026 – 26 de septiembre de 2026)

  • Sercotel Portales · 4.5★169 €/noche

Datos prácticos

    Antes de ir

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